Esta fotografía fue tomada en el año 2006 y decidí llamarla VENTANA EN LLAMAS.

martes, 9 de marzo de 2010

LA PUERTA DEL DIABLO. 1762. (Fragmento de la novela corta MARÍA PUEDE VOLAR)


María Xicotencatl, era una joven que rondaba los catorce años de edad. Su liso y trenzado cabello negro, que era sujetado con telas muy coloridas, alegremente danzaba a la altura de su cintura. Su tez morena, como el barro, servía de marco perfecto para sus rasgados y hermosos ojos negros, los cuales lograba abrir totalmente cuando se asustaba o se asombraba de las pequeñas o grandes cosas de la naturaleza; esos mismos ojos no dejaban escapar ningún detalle, ella era una observadora nata.

Se decía que sus antepasados habían sido de origen azteca y que habían venido en las primeras migraciones desde el norte hacia las tierras del quetzal y del torogoz. Vivió en Santa Cruz Panchimalco casi toda su vida y cuentan hoy en día algunos lugareños que fue poseedora de un particular y muy agudizado “sexto sentido.”

Santa Cruz Panchimalco estaba asentado en las faldas de El Chulo, que era un cerro peñascoso, apelmazado y duro, con una apariencia áspera en su vértice; era una masa cónica e imponente que siempre estaba a la vista de todos sus habitantes. Ya en 1762, Santa Cruz Panchimalco era un poblado pequeño con verdaderas raíces indígenas y con muy pocos mestizos. La población era relativamente pequeña y todos se conocían unos a otros. Los hombres en su mayoría se dedicaban a la agricultura y a la cacería, y las mujeres a las cosas del hogar. Prácticamente todos en el pueblito eran bilingües; su lengua materna era el náhuat y es lo que se hablaba en la cotidianidad del día. Pero cuando alguien que no era un lugareño se acercaba a ellos, inmediatamente pasaban a hablar el español, por la costumbre desconfiada que llevaban en la conciencia desde que los españoles habían destruido todo el esplendor de su gran cultura.

Los hombres vestían a dos piezas, con camisas de manga larga y pantalones sin muchos adornos. La mayoría usaba sombrero. Los hombres en general eran respetuosos con sus vecinos.

Las mujeres vestían de una manera más vistosa. Usaban el tradicional traje de «panchas», una especie de falda muy larga y con mucho vuelo, que llegaba hasta los tobillos, de un gran colorido en el bordado del final de la falda, tejida hábilmente por ellas mismas en telares manuales, que aprendían a utilizar desde muy niñas. La blusa siempre tenía colores muy vivos y alegres.

Los pobladores llevaban en general una vida bastante tranquila y pacífica.

A María Xicotencatl le gustaba escaparse por horas para admirar El Chulo; le llamaba la atención que la cima del cerro fuera de poca y particular vegetación, la misma que contrastaba con la exuberancia del bosque que se encontraba a sus pies y que abrazaba el contorno del pueblito de Santa Cruz Panchimalco. Le gustaba también porque había abundancia de animales, como tepezcuintles, venados, ardillas, ocelotes y una gran variedad de bulliciosas aves. El significado de El Chulo en nahuat es “Lugar del desertor” o “Lugar del fugitivo”. Cada nombre que los indígenas le habían dado a los lugares y a las cosas tenía una historia y un misterio que guardaban en la memoria colectiva.

La primera semana de octubre llovió tempestuosa y copiosamente. Era un temporal de los muchos que se habían sucedido durante toda la segunda mitad del siglo XVIII, en el territorio de lo que ahora es El Salvador. La gente decía que eran “diluvios” y en parte tenía razón, porque la lluvia no cesaba. Los truenos eran ensordecedores y se repetían en una casi interminable fila; los relámpagos que los precedían iluminaban todo el pequeño pueblo indígena. Los vientos huracanados eran de una velocidad y fuerza nunca antes vistas en esta zona. Para ser un área tropical, la temperatura había descendido notablemente y el frío carcomía las articulaciones. Al final de esa semana llovió más intensamente y los vientos y truenos aumentaron su poder, derribando en el pueblo un par de arbustos y algunos techos.

El ocho de octubre de aquel año muchos de los aldeanos corrieron a refugiarse en sus chozas de adobe para orar y pedir protección a sus dioses; ya no podían hacer los viejos sacrificios de sus antepasados para implorar piedad y protección; el hombre blanco les había impuesto un dios único, en el que algunos creían y otros no; pero todos trataban de mantener una apariencia que no chocara con la Corona Española.

Algunos otros pobladores buscaron albergue en la iglesia y se unieron al señor Cura para rezarle a Dios, con el fin de pedirle que los cuidara de estas acechanzas y de la furia de la naturaleza que se descargaba sobre ellos. De pronto, cuando dieron las ocho de la noche, bajo la penetrante e interminable tormenta, se escuchó un estruendo vociferante, lejano, y que a cada momento se hacía más y más fuerte, acercándose vorazmente hacia ellos. Entre el llanto de los niños, el rezo de las señoras y la confusión de lo desconocido no faltó quienes pensaron que era el fin del mundo.

El planeta Tierra, lleno de vida y de energía, en su natural evolución, estaba en el centro de los inevitables cambios que el tiempo da al universo.

El fuerte y ensordecedor sonido que los pobladores habían escuchado, provenía del cerro El Chulo, el cual había sufrido una fractura inmensa que lo había dividido en dos grandes peñascos. Un terrible deslave se originó ahí mismo y un mar de lodo, ramas, árboles, rocas y animales arrastrados descendía con furia desde la cúspide. La vorágine engulló una gran cantidad de casas, las cuales quedaron sepultadas junto con sus habitantes, bajo las infinitas toneladas de fango. Todo fue tan súbito que muy pocos, de los que estaban en su camino, se pudieron poner a salvo.

A María Xicotencatl le temblaba el cuerpo, quizás por una mezcla de frío y de miedo. Se encontraba en la iglesia, junto a una multitud atemorizada que estaba a punto de alcanzar el pánico. Toda la noche pasó pendiente, sin cerrar un solo ojo.

Al amanecer, la lluvia fue cejando y la tragedia se vio descubierta por la luz del sol. La mayoría de casas habían sido destruidas y, la sencilla arquitectura del pueblito, sumergida en un caos. Había muertos por doquier. Los animales de crianza también fueron castigados por la madre natura. Los cadáveres de humanos y animales eran numerosos, y la mayoría estaban apilados en la confluencia de dos ríos que rodeaban al pueblo.

María Xicotencatl había sobrevivido, al igual que sus padres y sus hermanos; pero sentía una angustia por sus vecinos muertos. Asimismo sentía pesar por su querido cerro El Chulo, que de seguro no tenía la culpa de nada, que, en estas catástrofes y desdichas inesperadas, Dios era el que movía la naturaleza a su antojo. Así que, mientras unos buscaban los cadáveres de sus familiares y otros rogaban a sus dioses que los cuidara de todos los males, ella, cargando únicamente un pequeño tecomate lleno de agua, caminó sin vacilación alguna hacia el empinado sendero que se dirigía a la cima del cerro que ella tanto amaba y que al igual que sus semejantes también había sucumbido a los incomprensibles designios de la Madre Naturaleza. No le importó que la geografía natural se hubiera alterado considerablemente y que la tierra estuviera aún sin firmeza; María Xicotencatl tenía una brújula muy exacta en su sangre que la guiaba con facilidad por cualquier camino.

Quería mirar desde lo más cerca posible la herida que había sufrido el cerro. Todo estaba desolado. Los pájaros habían callado. No había caminado demasiado cuando escuchó en medio del silencio luctuoso una respiración dificultosa, tras los restos de unos árboles desprendidos. Pensó que alguno de sus vecinos que había andado cazando no había tenido tiempo de regresar y que probablemente había quedado atrapado en la tormenta. Se acercó entonces inmediatamente. Pero se detuvo bruscamente transformando sus facciones de incertidumbre a unas impregnadas de horror. Lo que habían visto sus ojos era algo atemorizante.

Instintivamente se alejó y corrió, pero su curiosidad fue más fuerte que su miedo y se detuvo. Y entonces volvió la mirada a lo que ya había visto.

¿Qué era aquello? Ella nunca había visto algo así antes. ¿Era acaso el mismísimo demonio que había venido a destruir todo lo que tenía vida? Eso no era un hombre, porque los hombres no tienen rostros como el que ella veía, ni mucho menos grandes alas en la espalda. Aunque parecía un humano de grandes dimensiones, pero también un animal herido.

María Xicotencatl se quedó un momento inmóvil mirando al extraño ser que yacía sobre un montón de lodo y con señales de haber sido golpeado en el pecho, quizás por una enorme roca. O quizás, pensó María Xicotencatl, si tenía alas y andaba volando, la tormenta lo podía haber hecho caer con violencia.

Mientras conjeturaba lo miró a los ojos y se dio cuenta de que el extraño ser parecía pedir ayuda con la mirada; se veía débil y respiraba con inquietud. María Xicotencatl pensó que el Altísimo, que había hecho el sol y la luna, a los hombres y a las mujeres, a los animales y a todo lo que se ve sobre la tierra, tiene sus designios y sus misterios, y esta extraña criatura no podía ser más que otra obra de Dios.

Así que se acercó lenta y cautelosamente. El ente la miró con ojos perdidos, como si estuviera a punto de morir. María Xicotencatl se apiadó de él y le acercó a los labios la boca del pequeño tecomate, de donde salió agua limpia y cristalina que el extraño ser bebió. Luego se quedó dormido.

María Xicotencatl regresó al pueblo, pero la voz interna de su conciencia le aconsejó no contar todavía nada a nadie.

Al atardecer regresó al lugar y el ser alado se veía aún muy débil. Ella se acercó y le ofreció beber atol shuco y le dio a comer unas tortillas con queso. Él aceptó silenciosamente; algo parecido a una sonrisa se asomó en su boca.

María Xicotencatl se alejó; pero regresó de la misma manera dos días más. Al tercer día el ser alado ya no estaba ahí.

La vida de Santa Cruz Panchimalco continuó lentamente con la reconstrucción de lo destruido y con el trabajo habitual de sus pobladores.

María Xicotencatl trató de continuar con su vida. Con su piedra de moler, deshacía los granos de maíz hasta convertirlos en aquella masa blanca moldeable, la cual en sus manos se volvía alimento, sólo tenía que darle forma esférica y palmearla y lanzarla al comal caliente; las aromáticas tortillas eran su vida y también la vida del pueblo. El maíz era el dios interiorizado en el corazón y en la mente de todos. El maíz era el alfa y el omega, la piedra angular de todo movimiento importante de la comunidad. La flor y las semillas del maíz recorrían la sangre y el alma de Santa Cruz Panchimalco.

María Xicotencatl llegó a pensar que el hombre alado había sido sólo un sueño y por las noches, acostada en su hamaca y antes de dormir, miraba hacia el cielo por una rendija del humilde rancho; buscaba las estrellas, pero también buscaba el sueño que volaba.

El pueblito se fue recuperando poco a poco. La gente fue tomando el ritmo básico de vida gradualmente.

Una tarde, tres años después de la tragedia de El Chulo, María Xicotencatl se fue a buscar leña al bosque de las faldas del cerro. Iba distraída mirando una flor de cinco negritos que había cortado, cuando escuchó un ruido en las ramas de un árbol. Levantó la mirada y ahí estaba él. Se quedó paralizada con las manos frías. Lo había estado buscando tanto por las noches en el cielo, y ahora que se lo encontraba se congelaba de miedo.

-No tengás miedo –le dijo el ser alado, claramente en náhuat, y con una voz masculina y serena.

María Xicotencatl no le contestó ni le quitó la vista de encima. De alguna manera el tono de la voz del extraño la tranquilizó un poco, pero siempre sentía temor y desconfianza, especialmente porque los ojos del extraño parecían reflejar odio.

-Sólo vine a agradecerte por haberme ayudado.

Ella continuaba en silencio, sin embargo quería preguntarle quién era, qué era o cómo se llamaba, pero de su boca no podían salir las palabras ni sus dudas.

-Yo puedo escuchar tus palabras y tus dudas –dijo el ser alado-. Soy tu amigo. Mi nombre es Kérridat, el cual es en realidad sólo un nombre accesible a tu lenguaje.

Ella comprendió al instante que el ser alado leía su mente.

-Yo soy María Xicotencatl o… ya lo sabías, ¿verdad?

Kérridat asintió y sonrió.

-Estoy en deuda con vos y también con todos tus descendientes, María Xicotencatl.

-Pero si yo no tengo hijos –dijo la mujer.

-Pero los tendrás –le contestó suavemente Kérridat.

Luego se puso de pie en la gruesa rama del árbol.

-Muchas gracias –le dijo, mirándola fijamente a los ojos, hizo un gesto de despedida, desplegó sus grandes alas y emprendió vuelo. Volaba agitando las alas con rapidez; pero al alcanzar cierta altura, empezó a planear y a volar con la elegancia con la que vuelan las águilas o los buitres.

Ella se quedó mirándolo, con una lágrima de asombro y de alegría que rodaba en su mejilla. No quitó la vista del cielo hasta que Kérridat se desvaneció. Sí, ya volaba bien alto cuando de pronto desapareció. Así como así. María Xicotencatl se asombró, pero pensaba que la belleza de lo que ella había escuchado y contemplado era algo único, algo muy grande para no olvidar. Estaba confundida, pero muy conmovida. Se dio cuenta además de que lo que parecía odio en los ojos de Kérridat, no era realmente eso, sino más bien agudeza visual; entendió intuitivamente que esa expresión de los ojos de él reflejaba su voluntad de decisión, su valor y su entereza. Era la mirada de un halcón.

Un profundo escalofrío recorrió de arriba hacia abajo la delicada columna vertebral de María Xicotencatl, los vellos de la tersa piel de los brazos, los muslos y las piernas, se le erizaron. Sintió que toda la energía del jaguar y del universo se había mezclado en ese instante para meterse en su sangre y anidar inexplicablemente en su vientre y en su corazón, desde ese momento y para siempre.

***

María Xicotencatl continuaba ocultando su encuentro con Kérridat.

El cerro El Chulo, por su lado, seguía ahí, pero ahora estaba partido en dos y la muchacha pensaba a veces que las dos partes del cerro eran como dos amantes que se veían a los ojos. No odiaba a su cerro por lo que le había hecho a su pueblito. Lo seguía amando, porque su cerro había sido una víctima más de las empresas del destino.

Muchos años después, en el siglo XX, la falla orográfica del cerro El Chulo fue bautizada, por el poeta salvadoreño Raúl Contreras, como La Puerta del Diablo.

Texto y collage:

Érika Mariana Valencia-Perdomo

Óscar Perdomo León

miércoles, 3 de marzo de 2010

LA DIGNIDAD NO SE CENSURA


Como hubiera dicho mi papá: Estoy anonadada, estupefacta y perpleja de lo que hace unos minutos acabo de leer en el blog COSAS TAN PASAJERAS. Se trata de la censura del programa de televisión de canal 10 “Debate Cultural”.


Ante tal sorpresa no me queda más que expresar públicamente mi decepción de la actual presidencia del país. Miles y miles de salvadoreños que dimos nuestra total y absoluta confianza al hombre que tuvo en sus manos el momento ideal para coronarse como el MEJOR PRESIDENTE DE EL SALVADOR, nos sentimos pisoteados –una vez más-, ultrajados y heridos en nuestro patriotismo. Nuestro actual presidente está violando constantemente a nuestra amada patria. El delito se hace más grave porque no se puede aducir ignorancia o impericia, Mauricio Funes sabe exactamente de donde venimos y por supuesto conoce perfectamente hacia adonde nos lleva su gobierno.


Funes sabe a ciencia cierta la grave fractura social que implica la censura, la carencia de espacios que tiendan a cultivar las artes en todas sus expresiones y por supuesto, él mejor que muchos de los que ostentan cargos públicos ha calzado y aún calza el regocijo y la apertura de pensamiento que brinda el poder leer un buen libro, oír una maravillosa sinfonía o deleitar la vista ante una pintura.


La clave para prevenir y disminuir la violencia en nuestro país es apostar de lleno a las artes, a la lectura y al debate, que lástima que ya en el poder al Sr. Presidente se le olvide de cuántos hermanos murieron desde antes de la guerra, de cuántos valores del arte se perdieron en las fosas comunes y tenga amnesia de todo el sacrificio, dolor y pobreza de todos aquellos que desde la historia misma de Cuscatlán lucharon por el sueño de un gobierno de y para los salvadoreños.


Hace unos días escribí sobre “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago, y mencioné que la ceguera podía originarse en cualquier cosa o situación y que ésta no dependía exclusivamente del impedimento del sentido de la visión. Hoy confirmo que las artes y la cultura en este quinquenio mueren aceleradamente por la “ceguera presidencial”. El mismo fallecimiento al que también el diario Co-Latino está contribuyendo.


El respeto se gana con trabajo y humildad, no con prepotencia, censuras o faltas de respeto al pueblo salvadoreño. ¿Hasta cuando aprenderemos que callando a la fuerza, es cuando más se grita?


Los que aún tenemos dignidad y al igual que Álvaro Darío Lara, renunciamos a nuestro empleo (1) por creer en un El Salvador libre de opresores, sanguijuelas y orates del poco poder que hoy ostentan sus manos, seguiremos luchando y apoyando las causas justas para TODOS.


Vaya mi apoyo total a Álvaro Darío Lara. ¡La dignidad no se vende!


Texto:

Érika Mariana Valencia-Perdomo


(1) Mi esposo y yo preferimos renunciar a nuestro trabajo en el hospital en el año 2008, a inicios de la campaña electoral, porque no quisimos subyugarnos a ARENA. Y luchamos codo a codo con los que buscaban el “gobierno del cambio”.


Fotografía tomada por Óscar Perdomo León.

domingo, 28 de febrero de 2010

ENSAYO SOBRE LA CEGUERA

"Ensayo sobre la ceguera" es una novela escrita por José Saramago y lo primero que se me ocurre decir que es un libro muy intenso. Creo que recorre toda la gama de comportamiento que el ser humano puede tener. Narra la miseria espiritual del ser humano, toda la bajeza en la que se puede caer, cegado por ejemplo por el dinero, la belleza, la intelectualidad, la religiosidad, el fanatismo, etc. Einstein decía que es en las crisis cuando se pueden sacar las mejores soluciones. Así, Saramago sometiendo a sus personajes a los límites más inimaginados, retrata al ser humano de una forma tan real en esta novela, de tal manera que los personajes sacan lo mejor de sí, pero así también lo peor.


La novela es completa, no sólo habla del amor sino también del odio. Sus personajes son tan humanos, tienen hambre, instintos sexuales, orinan, defecan, viven, mueren, temen a lo desconocido, matan en la desesperación o autodefensa, matan por comida, hombres que prostituyen a sus mujeres por algo más que dinero: la supervivencia.



Saramago, nos lleva al mundo en donde la ceguera no es el estar simplemente ciego de una manera física, es más bien una ceguera contagiosa que atemoriza, paraliza la inteligencia del humano; obra maestra que nos enseña que ante lo desconocido y la escasez la persona deja su dignidad de humano y puede llegar a relucir nuestros instintos más bajos y desconocidos y, a la vez, nos lleva de la mano en una lectura envolvente para descubrir que en las mismas circunstancias de vaciamiento espiritual y material surgen de donde menos se espera, personas que dan lo mejor de sí, dejando atrás el egoísmo para buscar el bien común.


Sin temor alguno, confieso que lloré durante las últimas seis páginas del libro, porque me había convertido en uno de los personajes que tuvo temor, hambre, deseos sexuales, sufrí a la par de las letras los vejámenes sexuales, amé y reí. La novela es una increíble alegoría sobre el caos de la raza humana.


"Ensayo sobre la ceguera" es un libro, publicado en 1995, que vale la pena ser leído.



Texto:

Érika Mariana Valencia-Perdomo



Fotografía de José Saramago extraída de:

http://fundacionlafuente.files.wordpress.com/2008/09/saramago.jpg

Fotografía de la portada extraída de:

http://zurcheva.files.wordpress.com/2009/07/ensayo-sobre-la-ceguera.jpg



miércoles, 24 de febrero de 2010

PREMIO IBEROAMERICANO PARA SALVADOREÑA. Sensuntepecana llena de orgullo a nuestra patria.


Ganar un premio literario iberoamericano es un logro muy importante para quien escribe y ama las letras. Este es el caso de Ana Mercedes Miranda Morán, a quien este pasado 15 de febrero se le informó que había sido elegida como la ganadora en la rama de poesía, en el concurso “Voces, imágenes y testimonios 2009”. La entrega de premio será el 03 de marzo en San José de Costa Rica.

La entidad Voces Nuestras convocó el año pasado a participar en el quinto concurso a nivel Iberoamericano, en las ramas de testimonio colectivo, testimonio individual, pintura y poesía. Todas las participantes tenían que ser mujeres y sus temáticas también deberían referirse al sexo femenino. Ana Mercedes Miranda Morán ganó con el poema “A las poetas de Sensuntepeque”.

Mercedes Miranda nos ha referido que escribió el poema ganador, casi de una manera instantánea, en septiembre de 2009. El poema alude a Maura Echeverrería, Ana Delmy Amaya, Rosa Edelmira Morales, Magdalena Alfaro, Mirian Alfaro, Elsa de Padilla y Lidia de Brioso.

Nos comentó además que fue una “tremenda sorpresa”, cuando se enteró de la noticia.

Debido a este reciente premio obtenido, fue entrevistada ayer en Radio Nacional de El Salvador, en la sección de noticias culturales. También canal 10 de televisión le ha solicitado una entrevista.

Mercedes Miranda es una sensuntepecana Licenciada en Periodismo. Es la directora de la perio-revista Tiempo Cultural desde hace 15 años. Hace un tiempo atrás trabajó para Diario el Mundo en los suplementos culturales y desempeñó la docencia de periodismo durante seis años en la Universidad de El Salvador.

Un abrazo sincero y cariñoso desde LA ESQUINA para esta mujer poeta.

Texto:
Érika Mariana Valencia-Perdomo
Óscar Perdomo León

Fotografía:
Óscar Perdomo León

sábado, 20 de febrero de 2010

ORELLANA´S CYBER (Un nuevo concepto)

Reloj de Atiquizaya. Se encuentra enclavado en la alcaldía de Atiquizaya y tiene muchos años de antigüedad.



En la ciudad de Atiquizaya, departamento de Ahuachapán, se ha abierto un Ciber Café que tiene algunas particularidades. Sus administradores, los hermanos Terán Orellana, están tratando de darle un toque de identidad.


Fredy Terán Orellana (1)


Oscar Mauricio Terán Orellana



Una de las maneras es buscar las raíces culturales de Atiquizaya, en este sentido han iniciado colocando un mural con las fotos del grupo Zunca, agrupación musical de los años ochenta, cuyos integrantes eran en su mayoría originarios de Atiquizaya. Este mural se verá enriquecido con las fotos de escritores y personajes importantes y destacados de esa ciudad, como las de Hilda Marina Salmán de Cáceres, Manuel Álvarez Magaña, Carlos Alberto Zaz y Cornelio Azenón Sierra, para mencionar algunos.


Mural dedicado al grupo musical Zunca



Además tienen el proyecto de poner a la venta artesanía hechas en uno de los cantones de Atiquizaya.


Y van a poner en marcha un concurso de dibujo a nivel de bachillerato para promover el arte.


Dibujo realizado por Oscar Mauricio Terán Orellana



En el interior del Cyber piensan construir un lugar lleno de tranquilidad donde los visitantes puedan disfrutar de la lectura de un buen libro, junto a una buena rebanada de pastel acompañada de un café.



Otra cosa interesante es que los Hermanos Terán han abierto un blog dedicado a Atiquizaya, que se llama Enchula Atiquizaya http://enchulaatiquizaya.blogspot.com/


El Orellana´s Cyber Café se encuentra justo enfrente del costado oriente del parque San Juan de Atiquizaya.



Les deseo muchos éxitos en sus proyectos a estos hermanos tan emprendedores.



Texto y fotografías:
Óscar Perdomo León


(1) Fotografía proporcionada por Fredy Terán.

Artículo relacionado: ZUNCA, una búsqueda de la raíz latinoamericana. Grupo musical salvadoreño:http://lacasadeoscarperdomoleon.blogspot.com/2009/08/zunca-una-busqueda-de-la-raiz.html


martes, 2 de febrero de 2010

EL LAGO DE ILOPANGO, LOS CERROS QUEMADOS Y MIGUEL MARMOL

Vista del lago de Ilopango, visto desde la calle. Al fondo se puede observar el Chinchontepec.


El lago de Ilopango es un gran ojo de cristal en el rostro de El Salvador. El otro ojo, no menos bello, se llama lago de Coatepeque. Alrededor de ambos lagos ocurren las más diversas manifestaciones culturales, envueltas en un fino velo de admiración, temor y leyendas A sus dulces orillas se acercan los humanos, como el venado que abreva en un riachuelo, a beber sueños e ilusiones, a trabajar vendiendo comida, pescando u ofreciendo pequeños viajes turísticos por sus islas.


Cerro Quemado


Ilopango es realmente el cráter del mismo volcán que sepultó bajo sus cenizas a Joya de Cerén allá por el año 450 d.c y que hizo su última erupción a fines del siglo XIX. Cuentan los historiadores que durante los últimos días del mes de diciembre de 1879 sucedieron alrededor de 600 temblores en la zona del lago y que durante enero de 1880 el nivel del agua ascendió cerca de 1.22 m para luego descender 9 m, escuchándose posteriormente un gran estruendo, que conmocionó a sus habitantes, los espectadores del evento vieron como en el centro del lago se formaba un área de agua hirviendo, emergiendo desde el fondo del mismo una inmensa roca de aproximadamente 8m de alto. Dos días pasaron y los retumbos no cesaban y entre el fuerte olor a azufre un peñasco más, esta vez de 40 m salió a la luz. Un par más de islotes, como dos monstruos jorobados, fueron expulsados desde el fondo del lago 6 días después del primero, uno de ellos en el acto se hundió nuevamente. Después dos formaciones primitivas de tierra mojada, que se quedaron en la superficie. Al principio fueron llamados “volcán de Tierra y volcán de Piedra”, sin embargo con el paso del tiempo han sido rebautizados como los Cerros Quemados.


Cayuco a la orilla del lago de Ilopango



En 1930, otro gigante emergería de un cantón de Ilopango: allí se llevó a cabo la fundación del Partido Comunista Salvadoreño. He aquí una trascripción literal de un pequeño párrafo del libro-testimonio “Miguel Mármol”, escrito por Roque Dalton:


“Con ayuda de los pescadores del lago de Ilopango se encontró un lugar adecuado, discreto, para la reunión de la constitución del Partido: una playa oculta por el follaje de los árboles, en las cercanías de Asino. Los asistentes a la reunión seguramente iban a ser confundidos con los grupos de paseantes que, en las tardes calurosas llegaban hasta aquellos lugares para comer y beber, tomar fresco y bañarse. Las casas de habitación de quienes íbamos a pasar a ser comunistas de verdad, es decir, organizados, eran muy pobres: ranchitos de adobe, cuartuchos de algún mesón barato, etc. y no constituían lugar seguro para una reunión tan importante como aquella. Entre amates y almendros, pues, se instaló la reunión de Constitución de nuestro Partido de clase.”


El lago de Ilopango es un ser viviente, históricamente inagotable.


Texto y fotografías:
Érika Mariana Valencia-Perdomo
Óscar Perdomo León

Imagen de la portada del libro “Miguel Mármol” extraída de: http://www.oceanbooks.com.au/static/photos/product-photo-532_t100.jpg


Datos históricos del nacimiento de los Cerros Quemados tomados de:

Jorge Lardé y Larín, “El Salvador: inundaciones e incendios, erupciones y terremotos”, Biblioteca de Historia Salvadoreña, volumen No. 5, capítulo XXXVII, p. 163


Roque Dalton, “Miguel Mármol. Los sucesos de 1932 en El Salvador”, Editorial Ocean Sur, capítulo V, p. 112.


Blog recomendado para otros comentarios sobre “Miguel Mármol”: CUCHUMBO DE IDEAS http://cuchumbo.blogspot.com/2009/11/coloquios-guanacos.html


Blog recomendado para otro punto de vista sobre el lago de Ilopango: EL SALVADOR VISTO POR UN SALVADOREÑO, Lugares lago de Ilopango http://soysalvadoreno.blogspot.com/2006/01/lugares-lago-de-ilopango.html